martes, 2 de febrero de 2010

Real.

Despertar y mirar al horizonte.
Ver más allá de la nube que cubre la montaña y observar la ladera mientras el rocío la carcome por su exterior.
Tan trivial despertar se explica con tan trivial vida.
Levantarse, encender la cafetera y el netbook del escritorio.
Rascarse una nalga con empeño, mientras el café está listo.
Nada del otro mundo, salvo el dolor en el tórax que siempre molesta.
Las fotografías con sabor a nafta, que me recuerdan que alguna vez debo quemarlas.
Horas y horas de letra tras letra y ninguna idea que se forma.
Tan trivial vida, se explica con tan trivial mujer.
Nada de fama, nada de belleza.
Renuncié a los dientes perfectos y al delgado torso.
En cambio, llevo a cuestas una nube de tristeza.
Y mastico día a día, tristes recuerdos que jamás olvidaré.
Escuchar a cada instante, que lo superaré cuando sea grande.
Tan trivial consejo, se explica con la clase de gente que me rodea.
Simples, no ven más allá.
Dicen involucrar sentimientos, cuando sólo les importa disparar y no acertar.
Noche.
Más café y más soledad. Quizás un sorbo de vino.
Tan trivial noche, se explica con tan trivial vida.
Acostarse, cepillarse los dientes sólo por costumbre.
Mirarme al espejo y decir que soy un asco.
Ver mi cama vacía sin saber cuál es el sentido.
Tan trivial hecho, se explica con tan inusual amor.
Llorar un par de noches, prometerme que todo irá mejor.
Tan trivial sentido, se explica con tan trivial vida.
Despertar y mirar al horizonte.

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